Desde ese
primer momento en que esa persona me tomaba en sus brazos, cuando aún ni
siquiera sabía cómo abrir los ojos, y mi mano tan pequeña apretaba uno de sus
dedos casi por instinto. Esos primeros días del amanecer de mi vida, cuando se
despertaba a cualquier hora si me escuchaba llorar o pasaba tardes enteras
grabando interminables vídeos en los que solo aparecía yo tirando cosas al
suelo, jugando con un muñeco o chapoteando en la bañera, y me hablaba con una
dulzura que solo conoce quien la experimenta.